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martes, diciembre 19, 2006

Público que aplaude

Después de las cosas que le pasan a Rebeca en las entregas de premios, cualquier acto se convierte en pura rutina sin emoción, todo es un plácido dejar que pase el tiempo.

El viernes pasado estuvimos en el Casino de Alicante (el casino cultural, no el de Las Vegas) porque me entregaban el segundo premio de cuentos del Ayuntamiento de Benferri (el primer premio se lo llevó este cuento de Marcelo Luján). Uno de las cosas curiosas es que el año pasado gané el tercer premio de este mismo certamen (con jurados distintos, no seáis revoltosos). Llegamos a Alicante veinte minutos antes de que comenzara, nos arreglamos (yo no me puse vestido para evitar problemas) y nos plantamos en el Casino.

La sala en la que se entregaba el premio era al mismo tiempo el sitio donde se exponían algunos cuadros. Había de dos tipos: formas abstractas que recordaban vagamente a protozoos (repetidas en diversos colores) y cuadros con barcas al sol. La sala no era muy grande, así que se llenó rápido. Nos sentamos en la segunda fila para poder salir rápido a por el premio. De repente veo algo que me extraña:

-Oye, Rebeca, ese señor de ahí… ¿Me lo parece a mí, o lleva un túper en la mano?

La foto es mala, pero hay que fiarse de mí: eso es una bolsa de plástico con un túper.

Luego había cóctel con catering, y en este tipo de eventos la competencia por conseguir las croquetas es feroz, pero esto me parece que es pasarse tres pueblos.

El caso es que empieza el acto. En la mesa del escenario están el organizador del concurso, Joaquín Botella, el alcalde del ayuntamiento que lo patrocina, Luis Vicente Mateo, la conferenciante, Blanca Andreu, y el que presenta a la conferenciante, José Luis Ferris. Se presenta la revista literaria en la que está publicado mi relato y casi sin transición me llaman al estrado para recibir el premio. Hay un silencio extraño que se rompe, cuando, ya algunos segundos encima del escenario, Blanca Andreu rompe a aplaudir, y la sala se le une. Digo unas palabras (cangrejo, sol, patata, anacoluto) que no tienen mayor interés, creedme, y me siento. Luego se repite el proceso con el ganador del primer premio, Marcelo Luján, pero a él le aplauden desde el principio.

Foto cortesía de Marcelo Luján. Marcelo, el alcalde de Benferri y yo.
Yo soy el guapo de los tres. Al fondo se ven los cuadros.


Comienza la conferencia tras la introducción, larga y hermosa, de José Luis Ferris. Blanca Andreu habla de la belleza, del poder creador de la palabra. Habla de una leyenda árabe sobre el poder creador del hombre, habla de las nubes, habla de que los poetas son considerados profetas menores. Y en mitad de nuestro silencio atento y sepulcral, suena un móvil con esta música:

Miro a Rebeca, y ella a mí. Sí, también lo ha oído, no estoy loco. Nos hacemos todos los despistados, como si no hubiéramos oído nada. Sigue la conferencia. De pronto suena un reggaeton desde el piso de abajo a toda hostia, durante cuatro segundos. Y se para. Y vuelve a sonar otros cuatro segundos. Y se para. Y suena otros tres segundos. Y se para. Como si abajo estuvieran jugando al juego de la silla. Y ya no se escucha más, ha sido un juego corto de calentamiento. Sigue la conferencia como si nadie se diera cuenta. Nosotros los intelectuales no nos perdemos en trivialidades. El año pasado también ocurrió algo así en el acto de entrega del premio –en Orihuela-: la conferenciante, Lourdes Ortiz, estaba en mitad de su conferencia y empezó a oler a quemado, y venga a hacerse todos los despistados, y olía y olía a quemado hasta que ya dio la sensación de que iban a llamar a la puerta e iban a ser los bomberos. Así que la conferencia se interrumpió un minuto para comprobar si teníamos que buscar la salida de emergencia o no, y resultó que no: sólo eran unos papeles que se estaban quemando en una papelera (kale borroka gafapástica, probablemente era algo de Bukowski).

En fin, terminó la conferencia, aplausos y nos vamos al cóctel. Como nosotros somos ya expertos en estos saraos, nos colocamos estratégicamente, protegidos por una columna y a cuatro metros y medio exactos de la salida de los canapés. Bingo. Nosotros somos unos bordes de cuidado, pero nos hacemos amiguitos de una de las camareras y cada vez que sale viene a nosotros, nos aconseja qué comer y qué no, si soplar o no y cuando va de vuelta pasa por nuestro lado y nos trae los restos para que rebañemos. Desde esta tribuna privilegiada, gracias, simpática. Mientras van y vienen las bandejas con croquetas, boquerones en tempura, torta del casar, crema de verduras, pinchos de pollo y otras estupendas viandas, nosotros nos damos al vino con entusiasmo. Y se acaba el catering y nosotros, que estamos agotados, aprovechamos la confusión reinante para irnos al hotel. Fin del acto de entrega del premio.

Ya decía yo que no era muy emocionante. Pero el final tiene su moraleja, paciencia. El caso es que al llegar al hotel decidimos tomarnos una última copa, y nos fuimos para el bar. No era muy tarde, pero no había prácticamente nadie. Dos camareras, cinco o seis personas en el salón y un pianista parecido a Ray Charles.

Atención a los altavoces desplegados en el piano.

Era como estar viendo una película mala, excepto que nadie fumaba y yo no llevaba gabardina. El hombre estaba tocando ahí sus piezas y nadie le hacía nada de caso. Tampoco es que fuera Oscar Peterson, las cosas como son, pero vamos, no lo hacía mal. Estándar. Mientras él tocaba, la televisión del bar estaba puesta, canal MTV, con el sonido quitado, y era marcianísimo porque a veces parecía que Britney Spears se movía al ritmo de los clásicos de Gershwin que tocaba el Ray Charles del hotel. Acaba una canción y suena un aplauso, plas, plas, plas. Un aplauso de un solo hombre que se sostiene durante unos segundos: un tipo que está sentado tomándose un algo y que aplaude al pianista. Y el pianista sonríe y toca otra canción. Y el tipo le vuelve a aplaudir (nadie más lo hace). Y yo pienso que la escena es ridícula, una sola persona aplaudiendo a un pianista, casi como si tocara exclusivamente para él. Y me pregunto si el pianista pensará que el tipo se está cachondeando de él; es más, a mí me molesta que le aplauda porque me parece que se está burlando del pobre pianista. Pero no: cuando acaba otra el hombre se levanta y va hacia el piano y habla con el intérprete y a los dos se les ve contentos. Satisfechos.

Y comparo ese aplauso sincero con el cortés que me han brindado unas horas antes y creo que prefiero ese aplauso de un solo hombre, que resulta un premio honesto para una actuación honesta, ni obligado por la educación ni porque es lo que se espera. Un aplauso motivado por el entusiasmo. O al menos el aprecio de la interpretación, tampoco nos pasemos. Imagino que Ray Charles fue feliz porque había alguien que aplaudía su arte cuando la costumbre es la pura indiferencia, igual que yo soy feliz cuando un desconocido se toma la molestia de escribirme para decirme que le ha gustado mucho Fuco Lois (hay quien lo hace, sí); es un aplauso de un solo hombre, pero para mí es como si todo un pabellón se viniera abajo, porque siento que el esfuerzo ha merecido la pena (me voy deslizando hacia el discurso de las folclóricas rápidamente). No por una cuestión de vanidad, no es eso, sino porque el trabajo de pronto cobra sentido.Y lo mismo me pasa cuando hay comentarios en este humilde blog. Que parece que el esfuerzo merece la pena. Y que… Bueno, que gracias.

Perdonad, que se me ha metido algo en el ojo.

martes, noviembre 07, 2006

Pasaron cosas... en concreto, me pasaron cosas a mí

En mi primera (y todavía inédita) novela, “Sabrina 1-El Mundo 0”, Sabrina, la protagonista, no terminaba de salir de Málaga para meterse en Malagón, de tan desastre que era. Un personaje caótico, desordenado y enloquecido que no sólo se metía en un lío detrás de otro sino que los provocaba con su capacidad abrumadora para desatar el Apocalipsis y sus derivados. Una metepatas de pro. Un desastre andante. Una chica alocada en un mundo surrealista creado por ella misma (en la mayoría de las ocasiones).

Todas las personas que leyeron esa novela me preguntaron si Sabrina estaba inspirada en mí. Lógicamente, yo siempre respondí que no. ¿Cómo me iba a parecer yo a Sabrina si sé para qué sirve Pato WC, soy hiper-puntual, seria y responsable y tengo el armario ordenado por colores? Ni hablar. Pero de lo que no me di cuenta es que, últimamente, la que está inspirada en Sabrina soy yo.

Me explico.

XVIII Entrega de Premios Hermanos Caba de Arroyo de la Luz.

La primera vez en mi vida que gano un premio literario (fuera del instituto). El día no había empezado muy bien. Llovía a mares y salir de Madrid nos llevó tres veces lo habitual (que suele ser tres veces más de lo que debería ser). Pero al fin llegamos a Arroyo de la Luz y sólo diez minutos de paseo nos separaban del complejo-restaurante El Palacio, donde se iba a celebrar la ceremonia. Diez minutos de paseo bajo una lluvia incansable, en los que tuve la ocasión de meter tres veces mis zapatos de tacón nuevos en varios charcos. Como mujer coqueta me había vestido especialmente para la ocasión. Llevaba semanas pensando en qué ponerme para este (mi primer gran) acontecimiento literario. En resumen: que iba hecha un primor. Cuando llegamos al restaurante y se produjo el encuentro ya no me sentía tan tranquila. Los nervios de las primeras presentaciones y sobre todo, el reconocimiento… porque, efectivamente y tal y como confirmó Txiqui, al instante se dieron cuenta de que mi pareja era el ganador del premio del año pasado. Risas, bromas, alusiones al soborno del jurado, etc. Según pasaban los segundos yo me iba poniendo más y más nerviosa. Entendedme. Durante los dos últimos años he ido a numerosas entregas de premios, pero siempre me he quedado sentada en la mesa sorbiendo mi copa de vino mientras Txiqui pasaba el mal rato subiendo al escenario. Esta vez las tornas habían cambiado y me arrepentía de haberme reído de la timidez de mi media naranja. Para paliar los retortijones de mi estómago me tomé dos copas de vino en el cocktail que se sirvió. Y me vinieron estupendamente. Al momento me sentí más segura de mí misma y comencé a entrar en calor. En el momento perfecto, porque la cena estaba a punto de comenzar. La organización nos había sentado a todos los ganadores en la misma mesa, los de poesía y los de prosa, junto a sus acompañantes. Ya nos habíamos autopresentado y estábamos a punto de sentarnos cuando ocurrió…

Lo inimaginable.

Cuando fui a desabrocharme la chaqueta en vez de enseñar mi bonito vestido de seda, le enseñé a toda la concurrencia (de la mesa, afortunadamente) mi sujetador y mis medias. Horror. Como en las películas de risa cerré la chaqueta con un movimiento brusco y me volví hacia Jose blanca como la cera.

-Se ha roto el vestido, se ha roto el vestido –le susurré histérica mientras intentaba aparentar que no pasaba nada. La, la, la, la, la.

-¿Qué dices?

-Mira, mira –y disimuladamente me abrí la chaqueta para mostrarle el desaguisado a mi novio. La cremallera, casi tan larga como el vestido, estaba completamente abierta mostrando al mundo mis virtudes (que ya no son tantas con casi treinta y tres años) y una ropa interior no demasiado sexy (la que más favorece cuando estás vestida, pero menos lo hace cuando no lo estás).

-Está rota –confirmó él intentando tirar abajo o arriba o hacia cualquier lado.

-¿Cómo que está rota?

-Que está rota, se ha abierto.

Si en esos momentos alguien me hubiera puesto un Jack Daniels en la mano me lo hubiera bebido de un trago y sin respirar. Aquello se parecía sospechosamente a mi novela, olía a Sabrina por todas partes. De hecho, en uno de los capítulos más divertidos de la novela, Sabrina se mete en un lío terrible cuando una de las lentejuelas de su top se engancha en la cremallera de sus botas de caña (estaba haciendo pis en el cuarto de baño de una fiesta con clientes). Pero seguramente, si tomaba otra copa me emborracharía y aquello no sería bueno. Ya me imaginaba subiendo al escenario e improvisando un discurso completamente borracha delante del alcalde de Arroyo de la Luz, el consejero de cultura, la viceconsejera, los concejales y todos aquellos asistentes con pinta de importantes:

-… sois todos unos tíos de puta madre… y este premio es de puta madre… y mi novio es cojonudo… y mirad qué putada lo de mi vestido.

No. Beber no era la solución. El tabaco sí.

-Necesito un cigarrillo –imploré. Y este novio mío que tengo que no sólo tiene un culo perfecto sino que es perfecto salió pitando al bar a comprar a su chica un paquete de cigarrillos Marlboro Light. Yo me quedé parada como un pasmarote en medio de la sala, mirando al infinito como si estuviera pensando en cosas terriblemente profundas y filosóficas, como si el hecho de que estuviera prácticamente desnuda debajo de mi chaqueta no fuera importante. Si el resto de mis compañeros de mesa vieron algo, fueron lo bastante educados como para no decir nada. En fin, Txiqui regresó al cabo de unos minutos sin nada.

-No hay Marlboro Light.

Maldición y triple maldición. Tenía las palmas de las manos sudorosas. ¿Y drogas? ¿Tenían drogas?

-Tienen Fortuna Light, ¿servirá?

¿Fortuna? ¡Qué apropiado! Por supuesto que serviría, aunque fuera en forma de humo. El peyote también. Y el orujo. Así que mi chico volvió a bajar al bar y subió con un paquete de cigarros Fortuna Light.

-Toma, tu tabaco. Sólo hay un problema.

-¿Qué?

-Que aquí no se puede fumar –y me señaló el cartelito con la normativa. Estupendo. Ahora tendría que salir a la calle donde la lluvia seguía haciendo de las suyas a fumarme un cigarro medio desnuda. Y allá que me fui.

-Tranquila Rebeca, tranquila –me dije durante los minutos que estuve fuera aspirando el cigarro ansiosamente-. Respira, respira.

Respiré el humo del tabaco y me volví a subir.

La cena transcurrió sin más contratiempos que una copa de vino derramada (casi encima de mi vestido), el calor agobiándome bajo mi chaqueta de pana (que me tomara otras dos copas de vino más y que sirvieran asado tampoco contribuyó mucho), el cuarteto de cámara (¿el mismo del año pasado?) tocando a un volumen considerable al que todos éramos ajenos y un par de visitas desesperadas al cuarto de baño para intentar bajar la cremallera (infructuosamente) y fumarme un cigarro.

Con los postres llegó la entrega de premios en sí misma: primero los dos premios de poesía y luego los dos premios de narración. Podéis imaginar mi situación a estas alturas. Cuando salió Manuel Luque Tapia, el escritor cordobés merecedor del primer premio, y nombraron la ristra de premios y obras que ya poseía me sentí más pequeñita aún. Como en el anuncio que hay ahora del Metro de Madrid en la tele. Y en ese momento, anunciaron mi nombre…

José Antonio Díaz, director de la Universidad Popular, leyó en voz alta mi presentación. Nunca antes tan poco había parecido algo (muchas gracias, de verdad, José Antonio). Hice de tripas corazón, me levanté, crucé la sala y recibí mi premio sin perder la sonrisa, a sabiendas de que en cualquier momento se podía desencadenar El Desastre. Por mi mente pasaron todo tipo de imágenes catastróficas: yo tropezándome y estampándome, yo con el vestido por los tobillos o peor aún, que en alguna de mis visitas al cuarto de baño me lo hubiera remetido por entre las medias y fuera enseñando las posaderas por toda la sala.

Afortunadamente para mí, nada de eso pasó. Y tampoco tuve que dar un discurso. La organización lo había controlado todo para que fuera Manuel Luque quien hablara en nombre de los dos. Gracias, gracias, gracias. Recogí el premio, posé para unas fotos y volví hacia mi sitio como si nada terrible me pasara. He aquí el testimonio audiovisual del asunto:



El resto fue bastante más tranquilo. Fotos por aquí, fotos por allá, agradecimientos, más discursos. Y, al cabo de un buen rato, la despedida. La vuelta al coche no fue mucho mejor. Seguía lloviendo sin parar y si anteriormente no nos habíamos mojado lo suficiente, esta vez lo conseguimos con toda la seguridad. Durante el trayecto de vuelta a Cáceres sentí ganas de llorar, pero acabamos riéndonos como locos. ¿Podía ser más surrealista la situación? ¿Podía ser más divertido ahora que ya había terminado?

Por supuesto que podía.

Cuando aquella noche me quité el vestido (por la cabeza, porque no pudimos desabrocharlo) descubrimos que me había pasado toda la ceremonia con un manchurrón de arriba abajo.
Conclusión: si algún día me dan El Planeta me compraré tres o cuatro conjuntos. Por si acaso.

viernes, noviembre 03, 2006

El primer paso hacia el Premio Planeta

El sábado estaremos en Cáceres, que es una de las ciudades más bonitas de España, porque a Rebeca le dan por la tarde el segundo premio Hermanos Caba de relato en un pueblecito llamado Arroyo de la Luz. Resulta que Rebeca escribió un cuento muy divertido llamado La heladería del señor Matorelli –es el único cuento que ha escrito- y le han dado un premio. Uno de uno. No está mal.

Yo le digo que escriba más cuentos, pero ella prefiere centrarse en las novelas porque con los cuentos no se gana el Premio Planeta –es una chica astuta-. Además de hacer unas croquetas de rechupete, Rebeca ha escrito dos novelas divertidísimas. Tan divertidas que están entre las diez novelas más divertidas que yo haya leído jamás. Que diréis que lo digo porque estoy comprado por sus croquetas, pero no. Que son muy divertidas, de verdad. Las novelas están sin publicar (si eres un editor y acabas de leer esta línea tienes una oportunidad única de forrarte), pero tenemos fundadas esperanzas de que nos ofrezcan el Planeta dentro de poco, porque ya hemos comprado los jamones pata negra (nota: eliminar esta frase antes de publicar para no molestar a los capos de Planeta o firmar el post como José Saramago).

En fin, a lo que iba, que me desvío. Lo curioso del premio del sábado es que es un lugar que ya conocemos porque el año pasado me dieron el premio a mí (no, no conocemos a ninguno de los jurados). Supongo que este año cuando nos vean aparecer por allí pensarán que están teniendo un déjà vu. O a lo mejor no, quizá no se acuerdan en absoluto de nosotros. El caso es que supongo que veremos situaciones curiosas, que es una de las mejores cosas de ir a recibir premios: que pasan siempre cosas rarísimas. No sé si es que la acumulación de cualquier tipo de gente produce marcianismos o qué, pero el hecho es que yo acabo siempre con cara de boniato, como si estuviéramos dentro de una comedia de los Hermanos Marx. Por ejemplo, en el premio del año pasado.

La entrega se hacía en un complejo-restaurante porque después había cena. Había muchos premiados porque hay bastantes categorías: poesía, relato, fotografía, ensayo y no sé qué más. De cada uno dos premios, primero y segundo. El caso es que el primer premio de Poesía era un señor de casi ochenta años llamado Pérez Casaux, y el segundo de relato un señor de unos setenta llamado Mariano Sanz. Era la primera vez que se veían e hicieron buenas migas ipso facto, se juntaron en una mesa y empezaron a intercambiar poemas y libros y anécdotas. Bueno, empezamos a cenar y al lado nos ponenen un cuarteto de cuerda para tocar música en directo. Ya sabéis, el mundo Bach y tal, muy fino todo mientras nosotros nos poníamos ciegos de jamón. Y entonces Pérez Casaux llama al encargado de toda la organización y le dice:

-Oiga, ¿pueden bajar la música, que no nos oímos?

Estupefacto, el encargado le dice:

-Es que no se puede bajar, están tocando en directo.

Y le señala a los esforzados intérpretes, a diez metros (¡a diez metros!), tocando animosamente.

-Ah. ¿Y no pueden dejar de tocar? Es que acabo de conocer a este hombre (por Mariano Sanz) y tengo muchas cosas que decirle, porque nos queda poco de vida y seguramente no vamos a volver a vernos nunca.

Como en el Titanic pero al revés.

A ver qué cosas pasan este sábado. Os lo contamos la semana que viene, si pueden contarse.
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