Acabo de entrar en ElPaís.com y me encuentro con que he retrocedido dos años en el tiempo:
Qué susto. O no, no sé. Al principio ha sido un poco la sensación de que el cerebro se me había hecho masa de croqueta líquida y que no entendía nada de lo que pasaba; y luego he pensado que estaba en una novela de Philip K. Dick. Y luego he pensado que me iba a forrar en las casas de apuestas con los resultados de los próximos años en el fútbol y otros deportes. Y luego he vuelto a cargar la página y ya había vuelto a estar todo bien en Matrix.
Menos mal que había hecho un pantallazo para demostrar que no estoy loco. Claro que muchos pensaréis que estoy tan loco que puedo haber hecho un pantallazo y pegarme el curro de retocar todo con Photoshop para colaros esta trola. Qué mal concepto tenéis de mí. Os odio.
Qué gente más lista hay por ahí, de verdad. Como el invento ese de la tarjeta de visita impresa en un trozo de carne, que vi en Pjorge:
Un trozo de carne, un láser y hala, ya tienes una tarjeta de visita que la gente se comerá en los momentos de hambruna. Lo cual igual no es demasiado bueno si quieres que te llamen después, pero no se puede tener todo en la vida.
Aquí donde lo ven, El sabor del cerdo agridulce es un influyente blog capaz de modificar conductas con la misma facilidad con la que en el Club de la Comedia habrían encontrado un chiste para meter en esta misma frase que estás leyendo. Por ejemplo, con este post sobre las instrucciones en un mechero, que cualquiera diría que no ha tenido ningún éxito o impacto porque no ha recibido ni un solo comentario (oh, qué tristes son los artículos sin comentarios; creo que este es el primero del Cerdo que no los tiene, y escuece... escuece... ay... ay...).
A ustedes no les ha afectado en absoluto, pero a la poderosísima Industria Mecherística sí. Espantados por el impacto que mi demoledor artículo podía provocar, se han apresurado a lanzar un nuevo producto: el mechero con instrucciones a salvo de niños; o viceversa.
Para poder matarse encendiendo un cigarrillo y aspirándolo, primero hay que quitar el seguro. Como con las pistolas.
Como los fabricantes no quieren pillarse los dedos (o quemárselos, jajajajaja, viva el Club de la Comedia), aseguran que su mechero es resistente a los niños, pero sólo en un 85%. No sé si se refieren a que la parte segura es la de abajo (siendo el 15% la parte metálica, claro), o a que es segura dependiendo de lo listos que sean los niños.
Pero nos da igual. El caso es que hemos vuelto a cambiar la sociedad con un simple artículo. Chúpate esa, Escolar.
En la Guerra de los Chinos no hay lugar para la compasión ni para flaquezas. El Minichino sabe que su única posibilidad es ser ágil frente a su gigantesco rival. Por eso lanza continuamente nuevas ofertas:
¿Es lo mismo que antes? ¡No! ¡No y mil veces no! Han puesto Leche para concretar su oferta y han añadido dos ojos al cartel. Para humanizar la oferta, sin duda. No es un chino sin alma el que hace las ofertas (entendido chino como tienda), es un chino con sentimientos y ojos (entendido chino como ser humano). Sobre si los ojos son rasgados o no hay mucho que opinar.
Naturalmente, el SUPERCHINO ha contraatacado. Pero para nuestra sorpresa (y la vuestra) no lo ha hecho conectando el luminoso de OFERTA que tenía, sino copiando vilmente al Minichino. ¡Qué sucio!
No han puesto ojos, eso sí, y ese ha sido su gran error. Porque a nosotros nos gusta el factor humano. Y eso lo sabe bien el chino de las uñas amarillas, que ha decidido dar un paso más allá en la batalla y entrar en el cuerpo a cuerpo. Ahora si entras a comprar agua mineral te dice:
-Tú tomas mucho agua... No me extraña que tengas tan buen tipo...
Así de marrullero es el sujeto, sí. Bueno, más. Porque también dice esto:
-Aquí se venden productos españoles, allí -señalando el SUPERCHINO-, no.
Miranda Cantalapiedra, la protagonista de esa novela excepcional que inexplicablemente no estuvo nunca en la lista de bestsellers del New York Times, Me llaman Fuco Lois, es una mujer con un sentdo del humor ácido, afilado, que gusta del sarcasmo. Se defiende del mundo que le ha tocado vivir usando un ingenio cortante que nace en parte de la amargura. Es cínica aparentemente.
Siempre pensé que me había inventado ese personaje cogiendo de aquí y allá rasgos de gente que conozco, pero un tiempo después descubrí que no; sólo había modificado un personaje previo, quitándole cuarenta años. Descubrí que, esencialmente, Miranda Cantalapiedra era Dorothy Zbornak.
El personaje interpretado por Beatrice Arthur en Las chicas de oro era esencialmente una Miranda envejecida (Miranda era una Dorothy rejuvenecida, más bien): una mujer de buen fondo a la que la vida había maltratado y que se defendía con un humor ácido, vitriólico, sarcástica como nadie; que tenía siempre la lengua a punto de ser amartillada. Siempre fue la Chica de oro que más me gustó. Me fascinaban sus raptos de mal humor y la manera en que maltrataba verbalmente a todas, a Blanche, a Rose, a su propia madre; el rostro colérico después de soltar un hachazo, manteniendo el gesto de mal humor magistralmente. De Billy Wilder decían que tenía cuchillas de afeitar en el cerebro, y desde luego Dorothy Zbornak las tenía, en el cerebro y en la lengua (usé esta misma metáfora para definir a Miranda, de hecho). Y me gustaba que a pesar de su mal humor y de que le encantara zarandear a las demás, Dorothy Zbornak fuera un pedazo de pan, una mujer ingenua en el fondo, capaz de ilusionarse una y otra vez, que aún seguía amando a su ex marido Stan, a pesar de todo y me encantaba su voz ronca (creo que uno de los grandes placeres que he obtenido de trabajar en publicidad es que he podido conocer con su dobladora, la gran Amparo Soto).
Y ahora, ya saben, Beatrice Arthur ha muerto. Nos hizo reír durante mucho tiempo y aún lo hace, al repasar alguno de los miles de cientos de millones de vídeos que están en YouTube. Miranda se queda huérfana y yo también. Descanse en paz.
Una de las cosas que más me han impactado en los últimos tiempos. ¿Qué se puede escribir en la superficie de un mechero?
Unas instrucciones para usarlo, por supuesto.
Uno pensaría que todo el mundo sabe cómo usar un mechero, ¿no? Pues no, listos. Los niños no. Alguien tendrá que enseñarles, ¿no? ¿Es que nadie va a pensar en los niños? Los que han hecho el mechero, evidentemente, sí. Brindemos por ello.