miércoles, noviembre 13, 2013

El gol de Maceda


Me acabo de dar cuenta de que no he vuelto a decir ni pío de los artículos sobre fútbol que escribí para el Ruido del Fondo. Este es el tercero de los que hice. Queda uno.

El gol de Maceda

“No se puede ser más soso que Maceda”, decía mi padre; y eso que en el Madrid estaba Ricardo “Soso” Gallego. Pero mi padre le tenía manía a Maceda, a su cintura de madera, a su sangre de horchata. Era un central alto y de complexión recia, pero de aspecto frío. A mi padre le gustaban los centrales raciales, de los de siempre, con bigote y que pegaran dos voces. De esos que o pasaba el balón o el contrario, pero no los dos a la vez. Y Maceda era rubio, parecía finlandés, tenía aspecto de dar la mano blanda, era central de tranco largo pero lento. Mi padre le tenía manía aunque le hubiera cascado dos goles a Malta año y pico antes, en aquella noche mágica.

Empezamos el campeonato, al Eurocopa del 84, mal, empatando con Portugal y con Rumania, así que nos jugábamos el pase a semifinales con Alemania. Casi nada. Alemania era subcampeón del mundo, y una apisonadora.

“A Alemania no les ganamos en la vida”, decía Manolín, el hijo de un vecino de mis abuelos. Manolín tenía un año más que yo, así que entonces debían ser once. Un sabio. Soltaba frases sentenciosas y lapidarias mientras jugábamos a las chapas, o andábamos en bicicleta, porque en el pueblo de mi madre no se podía hacer otra cosa. Era un pueblo tan pequeño que ni juntando todos los niños que íbamos allí a veranear éramos suficientes para echar una pachanga. De todas maneras teníamos diez años. Manolín, once. Y cuando hablaba en realidad era su padre quien hablaba, un señor que se parecía a Rompetechos, pero sin gafas y con el bigote blanco. “Alemania va a ganar la Eurocopa” “Tenía que haber ganado Alemania a Italia el Mundial” “Nosotros no jugamos ni a las canicas”. Hay niños que son cuñados desde pequeños.

Así que empezamos a ver el partido sin mucha fe. Y vaya, parecía que Manolín tenía razón. Alemania nos avasallaba. Arconada estaba en todos sitios, salvando goles. Hubo algún tiro al palo alemán. Parecíamos un juguete en sus manos.

Y llega el segundo tiempo y España necesita ganar para pasar ronda. No hay manera, hasta que en el minuto 44, sin esperanzas, vemos cómo se abre juego a la derecha. Señor centra al borde del área pequeña y ahí aparece Maceda como un ciclón.



Toma ya. Maceda. El soso. Maceda volviéndose loco, golazo, dándole con el alma a la pelota, los compañeros lo tiran al suelo para abrazarlo. El soso nos metía en semifinales.

Cuando tienes diez años a un padre no se le reprocha nada aunque se equivoque. Además que Maceda seguía siendo soso aunque hubiera marcado y hubiera destrozado los pronósticos.

“España contra Italia o Alemania igual hace la machada, pero siempre nos hundimos contra equipos de medio pelo, como Dinamarca”, dijo Manolín. Yo ya lo miré con desconfianza, y no me extrañó nada cuando en semifinales Arconada hizo otro de esos partidos en los que parecía Spiderman. Maceda, claro, Maceda marcó el gol del empate de tiro raso y nos fuimos a los penaltis. Pasamos.

Nos esperaba Francia en la final. No recuerdo qué dijo Manolín de Platini. A lo mejor dijo que Arconada era invencible, o algo así. Quién sabe. Pero da igual. Perdimos ese partido de una manera increíble, cuando más confiábamos en el equipo. Con fallo del héroe. Del héroe Arconada, no Maceda.

Allí aprendimos que en lo de fútbol nadie tiene ni puta idea de nada, ni aunque tenga un año más que tú. Ni aunque sea tu padre. Nadie sabe nada de fútbol. Eso es lo maravilloso.

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