lunes, marzo 25, 2013

El gol del Buitre

Hace poco me pidió Juanan Salmerón que escribiera para su blog un pequeño post sobre algún gol que recordara. Somos los goles que hemos vivido, decía él. Lo hice, pero en vez de enviarle uno escribí varios, no sé bien si porque soy compulsivo o porque soy viejo y ya he vivido muchos goles. El caso es que él publicó uno de los que envié y pensé que era una pena desperdiciar algo que he escrito, con lo poco que puedo últimamente; así que yo pongo aquí otro.

El gol del Buitre

Yo era muy de Santillana, mucho, con sus espaldas enormes, su peinado agreste de cabecear balones desde la Luna, su gesto serio y fanático. Todos éramos muy de Santillana y su resuello indesmayable, su manera de perseguir el balón como si el Destino del mundo dependiera de llegar a él y darle una patada hacia la portería, de la manera enloquecida, como si estuviera poseído por un dios de la guerra, con la que culminaba remontadas épicas.

Y entonces llegó Butragueño. Si Santillana era un puma, Butragueño era un halcón. Santillana corría y Butragueño se paraba en el área. Santillana atacaba como una manada y Butragueño flotaba. Santillana atacaba el balón y Butragueño lo hipnotizaba. Santillana era un hombre; Butragueño era un niño.

Y con su cara de niño bien, de peinado por su madre antes de salir al Bernabéu, recogía un disparo rebotado que se iba lentamente hacia la banda, con calma, y de repente, un quiebro hacia la línea de fondo para superar a un defensa, entrando como un puñal, alcanzaba el balón un metro antes de la línea pero ya con otro defensa encima y, sangre de horchata, de serpiente, amagaba ir hacia dentro para hacer el regate hacia fuera, hacia la línea, y le salía bien, y encaraba sin espacio al portero y de nuevo amagaba el regate hacia fuera, o el pase, y daba un paso más hacia dentro, como un prestidigitador. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Y ya estaba solo delante de la portería, casi sin ángulo, y empujaba el balón dulcemente hacia dentro antes de que llegara el séptimo de caballería.

Y luego levantaba el dedo, trotando tranquilamente, mientras el resto del equipo lo aclamaba y Juanito lo izaba a hombros porque sabía que acababa de lograr algo maravilloso, y Santillana lo abrazaba porque en todos aquellos años nunca había visto nada parecido. Aquella audacia, aquella sangre fría, esa despreocupación que más tarde, mucho más tarde, vimos en Romario, que fascinaba a propios y extraños. Y él caminando al centro del campo mientras dos de sus víctimas -una de ellas Juan José, alias Sandokán- le daban la mano para felicitarlo.



Seguíamos siendo de Santillana, cómo no íbamos a serlo. Pero era como si estás medio enamorado de una chica mona que conocías del pueblo y de repente te presentaban a una supermodelo. Elijas lo que elijas, ya nada es igual.



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