jueves, abril 06, 2006

Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol

Me habían hablado muy bien de La piel fría, la exitosa primera novela de Albert Sánchez Piñol, una especie de novela de terror claustrofóbica con elementos lovecraftianos. Como soy un tipo complicado, en lugar de leer lo que me habían recomendado me hice con la segunda: Pandora en el Congo.

Sánchez Piñol escribe una novela de aventuras a la antigua, con múltiples referentes y toques de literatura pulp (hay mucho de Ridder Haggard, algo de la novela de la que hablábamos el otro día, El mundo perdido, un poco de Edgar Rice Burroughs). Como novela de aventuras funciona como un reloj suizo: es ágil, desenfadada, verosímil incluso cuando cuenta cosas inverosímiles y no se mete en honduras. Pero además Pandora en el Congo es una inteligente reflexión sobre el proceso de escribir una novela, sobre la lucha de un joven escritor por dar vida a una historia. Una novela sobre cómo se escribió una novela sesenta años atrás.


Thomas Thomson sobrevive como negro de un autor de novelas de aventuras cuando recibe un encargo sorprendente: escribir la historia de un hombre acusado por el asesinato de dos jóvenes aristócratas para intentar salvarle del patíbulo. Thomson acepta y se entrevista con Marcus Garvey, que le cuenta qué sucedió en la expedición al Congo en busca de oro...

A partir de esta sencilla trama, Sánchez Piñol construye con habilidad una novela que se lee sola, usando sin pudor tópicos del género de aventuras y retorciéndolos con una naturalidad aplastante (hay un momento en la novela que reproduzco aproximadamente: "Se preguntará el lector: ¿pero va a dejarnos así, en el momento más emocionante de la historia, cuando Marcus está luchando por su vida? Pues sí. ¿Y por qué? Porque me da la gana". No he leído nunca mejor definición del cliffhanger). Hay de todo en la obra: malvados aventureros ingleses, un capataz negro de buen corazón, mucha jungla, una extraña y peligrosa raza que ningún blanco ha visto antes (los tecton), una princesa de insondable belleza, un irlandés borracho y hasta una diabólica tortuga sin caparazón llamada María Antonieta. Es justo en esta compleja amalgama donde en ocasiones cojea la novela: a veces las escenas de humor parecen demasiado calculadas, demasiado increíbles, pero el apabullante ritmo de Sánchez Piñol hace que los mínimos defectos sean olvidados.

Sólo bien entrado en el último tercio de la novela parece que la narración se hiciera más densa, repetitiva, y la historia se vuelve más frágil, innecesariamente pesada; el lector se cansa de las vueltas y revueltas de la historia sin entender a qué obedecen o cuál es la intención del autor. Afortunadamente, Sánchez Piñol recupera de nuevo el pulso al entrar en las últimas treinta o cuarenta páginas en una vuelta de tuerca que redefinen por completo el sentido de la novela y nos obligan a reflexionar sobre la intención última de Pandora en el Congo. Porque no es sólo una vibrante novela de aventuras con sabor a otra época (lo cual, en los tiempos que corren, no es poco), sino una incisiva disquisición sobre el proceso de escribir, sobre nuestra visión del mundo, sobre las apariencias y la búsqueda de la verdad, sobre la suspensión de la incredulidad, sobre el poder de la ficción.

Leedla, que la vais a disfrutar. Mientras, yo me voy poniendo con La piel fría. Porque o mucho me equivoco o Sánchez Piñol se va a colocar entre los mejores escritores españoles de aquí a cinco años.

3 comentarios:

Rebeca dijo...

Estoy segura de que no será el único.

José Antonio Palomares dijo...

No sé a quién te refieres... :-O

Attila dijo...

exacto, si lo dices por tu pareja, lamentablemente parece que tardará más :'(

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