lunes, mayo 22, 2006

La gente es muy maja.

Y los logroñeses, añado yo, aún más. Vale, no estoy siendo muy objetiva que digamos. Estoy encantada con los logroñeses porque mi media naranja acaba de recibir el prestigioso premio Viña Alta Río-Café Bretón en dicha ciudad y los organizadores del certamen literario, sus amigos, sus conocidos y demás nos han tratado como príncipes, pero si no tenemos en cuenta esa menudencia debo decir que los logroñeses son encantadores.

Y para muestra, un botón.

Paseábamos Jose y yo el sábado por la mañana por el centro de la ciudad cuando nos enamoramos de unos grabados de Marina Anaya. El caso es que era mucho más cómodo transportar los grabados hasta Madrid ya enmarcados y los dueños de la tienda se ofrecieron muy amablemente a hacer aquel trabajo en una hora. Tras pasear un poco dejé a Jose en el Café Bretón rodeado de periodistas y regresé a recoger los cuadros tan deprisa como mis cortas piernas y mis zapatos de tacón me permitieron. Encontré a la dueña atendiendo a una señora de mediana edad que quería enmarcar unas fotos de la boda de su hijo. Hice esfuerzos intentando disimular mi impaciencia mientras ellas decidían cuánto debían medir los paspartú, cómo debían ser los cuadros pero también dónde debían colgarlos en el salón de la casa, qué era lo próximo que iban a enmarcar y cuánto valdrían todos los marcos que tenía la clienta ya colgados en su repleta pared. Noté cómo yo me ponía más y más nerviosa. La entrega del premio era a la una en punto y era la una menos cuarto. Estaba a punto de abrir la boca para explicar que tenía mucha prisa cuando la señora me preguntó a bocajarro señalando una foto:

-¿Y tú qué piensas? ¿Me reconocerías en esta foto si te dijera que soy yo? Seguro que piensas que es imposible.

Me quedé lívida, pero luego pudo mi diplomacia.

-Claro. La he reconocido al instante.

-Tonterías –dijo de buena manera ella-. Con tanto perifollo, maquillaje, tacones… una parece Otra Cosa y no lo que es. Pero, en fin, así son las bodas –y sin ningún esfuerzo enlazó una parrafada de dos minutos y medio de duración sobre lo mucho que sufrió con aquella boda en cuestión, que su nuera no podía estar en Logroño para organizar los preparativos y había sido ella la encargada de hacerlo todo, que había elegido los vestiditos de sus ocho nietos y miles de cosas más-. Y es que nos reunieron a todos un año antes y nos dijeron que se casaban el 19 de junio. ¡Imagínate! Con tan poco tiempo era imposible conseguir restaurante. Hablamos con X –citó supongo un reconocido sitio de bodas de postín de Logroño y yo asentí para no quedar como una madrileña ignorante-, también con Y, pero nada. Todo estaba reservado. Al final, conseguimos celebrarlo en Z.

A todo esto yo estaba tan atónita que era incapaz de reaccionar. Afortunadamente, nos interrumpió la dueña de la tienda para informarme que los cuadros ya estaban y que en un periquete me los envolvían para transporte.

-Serán cinco minutos –calculó.

Y, efectivamente. Fueron cinco minutos. Los cinco minutos mejor aprovechados de mi vida. O de la vida de la señora de la boda, mejor. Porque en ese tiempo se bastó ella solita para ponerme al corriente de lo que costaba remodelar un cuarto de baño en Logroño con plato de ducha y barandillas (12.000 euros), para aconsejarme en contra de las cocinas de madera y para hacerme un análisis exhaustivo del terrible problema que le acarreaba su afición a la limpieza.

-Es que en cuanto veo una pelusilla me pongo…

También me contó sobre los problemas de las vacaciones de su hijo (el de la boda, que había estado en Turquía), lo mucho que odiaba las acelgas y que debía adelgazar unos kilillos de cara al verano “porque ya sabes el trauma que es ponerse el bikini todos los años”. “Sí, sí” asentía yo, no sólo intentando congraciarme con ella sino totalmente de acuerdo con el trauma del bikini. También hablamos de los niños, de lo mucho que sufren los suelos blancos y de lo caro que está todo. En resumen, aquellos cinco minutos se me pasaron volando y con ellos, los nervios. De repente, los cuadros aparecieron en el mostrador perfectamente empaquetados y antes de que me diera cuenta, la señora salía por la puerta despidiéndose con una dulce sonrisa:

-Venga, hasta otra. A ver si volvemos a encontrarnos.

Yo la saludé deseando que de verdad aquello volviera a pasar. Había sido agradable, aunque al principio no me lo pareciese. No sólo había conseguido que la espera fuese más relajada y me olvidase de los nervios del premio sino que me había traído un trocito en directo de la vida en Logroño tal y como era. Sin tapujos.

Así que ya veis porque la gente de Logroño me parece maja. Y no sólo porque den estupendos premios literarios… de los que yo no soy quien para contaros. Para eso está el héroe y mi media naranja.

3 comentarios:

José Antonio Palomares dijo...

Caramba.
Resulta que el foco de interés narrativo estaba en la tienda de grabados y no en el Café Bretón.
O quizá todo reside en el ojo del observador.
me siento incapaz de hacer una crónica ahora.

Anónimo dijo...

Querida Rebeca:
Lo mejor de los viajes es el contacto con los nativos, como te pasó a ti en Logroño, así que aprovechaste el viaje. Para los que pudimos compartir un rato contigo y con José Antonio, el sábado fue también un día delicioso. A ver si el héroe y media naranja nos cuenta ahora sus experiencias. Álvaro.
http://blogs.larioja.com/cuidadoconelperro

José Antonio Palomares dijo...

Hola, Álvaro. Bienvenido y gracias. Una lástima que no pudieras quedarte a la comida, porque echamos unas risas también.
La próxima vez que vayamos a Logroño -o que vengas tú a Madriz- esperemos que sea más largo.

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