miércoles, septiembre 13, 2006

Libros y fuegos


La semana antes de presentar Me llaman Fuco Lois en la Feria del Libro de Madrid acudí a la presentación de El guardián de las hogueras, de Lluis Oliván, editado por la misma santa casa, EDAF, con el objetivo de hacerme una idea de qué se esperaba de mí en la presentación del libro, ir familiarizándome con el escenario e ir poniéndome nervioso con una semana vista.

Después del acto estuve charlando un rato con el autor, y arteramente le compré un ejemplar para, lo reconozco, que él se viera obligado a comprar uno de Me llaman Fuco Lois –así de ruin puedo llegar a ser cuando se trata de vender mi novela, sí, qué pasa-. El que se llevó fue el primer ejemplar de la novela que yo firmaba (ahora debe valer millones).

Oliván contaba en su presentación que vivía en un pueblo catalán cuyo nombre se me escapa en este momento, un pueblo sin biblioteca, así que un año decidió ofrecer para préstamo sus libros en la plaza del pueblo, estableciendo una especie de biblioteca popular con razonable éxito. Cuando por fin hubo dinero para hacer la biblioteca, los vecinos del pueblo decidieron que en vez de biblioteca preferían hacer una piscina. Y el pobre Oliván se quedó de lo más chafado, claro. Pero de esta anécdota encontró inspiración para escribir El guardián de las hogueras, una inteligente novela corta (son 150 páginas, y aún diría que no es una novela corta, sino un relato largo; yo me entiendo) que, ambientado en un pueblo remoto, nos habla de una civilización decadente y analfabeta que para defenderse de los mosquitos que causan una extraña enfermedad, protegen su pueblo con el humo de unas hogueras alimentadas por libros. El guardián de esas hogueras, que elige qué libro es el que debe quemarse, es precisamente el único que sabe leer.

La novela es una inteligente metáfora sobre el miedo al conocimiento, lo cómodo que es ampararse en lo conocido y aceptado, aunque sea claramente erróneo, la curiosidad y sus riesgos. Con personajes bien trazados, creíbles y vívidos (sólo la mujer del protagonista parece un poco tosca, en comparación con el resto de los personajes, que están estupendamente retratados), Oliván realiza una sentida y apasionada novela de amor a los libros, repleto de homenajes. Tan repleto, de hecho, que en algún momento resulta quizá excesivo. Bajo la sombra de Fahrenheit 451 o algunos relatos borgianos –sombra reconocida explícitamente en el texto, por otra parte-, da la impresión de que el autor podría haber llegado más lejos si se hubiera librado de su influencia.

Son defectos muy menores, en cualquier caso, para siquiera llamarlos defectos. El guardián de las hogueras es una novelita muy eficaz, bien trabada y de buen ritmo que se lee con mucha comodidad y resulta inteligente para el lector. Oliván se habrá quedado sin biblioteca, pero al menos tiene una buena novela a cambio. Ideal para leer, por ejemplo, en la piscina.
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